KATERINA BRINDISINA

El Tibet aún en el presente mantiene una tradición determinante en sus enseñanzas orientadas hacia el crecimiento, evolución espiritual, a través de sus cuentos, encotramos destellos que nos ayudan a encnder nuestra luz en pro de transitar por el camino de la verdad, de todo aquello que nos permita saber aprovechar la oportunidad que se nos ha dado de manifestarnos en este plano y optimizar nuestro potencial divino que se nos ha legado.

Existe un hermoso cuento que lo compartimos, cuento que probablemente muchos ya lo han leido, sin embargo, siempre está ahí, para sacarle provecho a su mensaje.

El cuento del tigre y el hombre

Había una vez una pareja de tigres que vivían en cierta selva y que formaban una familia con sus tres tigrecitos.

El Padre tigre se puso viejo y empezó a flaquear, y justo antes de su muerte mando a llamar a sus tres hijos y les hablo de la siguiente manera:

“Recuerden, hijos míos, que el tigre es el Señor de la jungla; capaz de recorrerla a su voluntad y cazar animales a su antojo sin que nadie pueda contradecirlo. Pero existe un animal del cual deben siempre guarecerse. Sólo él es más poderoso y astuto que el tigre. Ese animal es el hombre, y quiero prevenirlos solemnemente antes de morir, para que se cuiden de él, y que por ningún motivo intenten cazarlo o matarlo.”

Dicho esto, el tigre giró sobre su lecho y murió.

Los tres jóvenes tigres escucharon con respeto las palabras de su padre moribundo y prometieron obedecerle. Así lo hicieron los hermanos mayores, hijos obedientes que fueron cuidadosos al seguir su consejo. Limitaron su atención a la cacería de ciervos, cerdos, y otros pequeños animales de la selva; y eran muy cuidadosos cuando reconocían la cercana presencia de un ser humano, retirándose rápida y sigilosamente de tan peligroso vecindario. Pero el tigre más joven era por naturaleza más independiente y curioso. En la medida en que fue creciendo y haciéndose más fuerte, comenzó también a hacer oídos sordos a las restricciones que se le habían impuesto años ha.

“Después de todo”, pensó para si mismo, “que tan mala puede ser esta criatura, el hombre, que no puedo cazarlo si así lo quisiera. Me han dicho que no se trata más que de un ser indefenso, que su fuerza no puede ser comparada con la mía, y que sus garras y dientes son deleznables. Yo puedo derribar el más grande de los venados, o afrontar al más feroz jabalí con impunidad. ¿Porque, entonces, no podría yo ser capaz de matar y devorar al hombre también?”

Poco después, el tigre decidió en su necia vanidad, abandonar su delimitado territorio dentro de la selva y aventurarse al campo abierto en la búsqueda de su nueva presa: el hombre. Tanto sus hermanos como su madre intentaron persuadirlo de tal idea, recordándole las palabras de su padre moribundo, pero sin éxito; y finalmente una mañana, a pesar de sus ruegos y suplicas, partió el tigre solo en su búsqueda.

No se había alejado mucho cuando se encontró con un viejo y agotado buey de carga, flaco y demacrado y con las marcas de muchas antiguas cicatrices en su lomo. El joven tigre no había visto nunca a un buey antes, y se acercó a él con curiosidad.

“¿Que clase de animal eres tu, presa? ¿Eres un hombre por casualidad?”

“No, de ninguna manera”, contesto la criatura; “soy un simple y pobre buey”

“Ah!”, dijo el tigre. “Bueno, quizá puedas contarme que clase de animal es el hombre; ya que estoy tratando de encontrar uno y matarlo.”

“Ten cuidado del hombre, joven tigre,” contestó el buey; “se trata de una criatura peligrosa y desleal. Mírame a mí, por ejemplo. Cuando era joven era un servidor del hombre. Transportaba su carga en mi lomo, como podrás ver por mis cicatrices, y por muchísimos años fui un fiel y buen servidor. Mientras fui joven y fuerte, el hombre me cuidó y valoró; pero en cuanto me hice un poco mayor y débil, y ya no fui capaz de hacer su trabajo, me abandono en esta selva sin pensarlo, sin importarle mi edad o la dificultad para abastecerme de alimento. Te advierto solemnemente que dejes al hombre tranquilo, y no intentes buscarlo ni matarlo. Es una criatura muy astuta y peligrosa.”

Pero el joven tigre se rió de las advertencias del buey y siguió su camino. Poco después se encontró con un viejo elefante errando solitario por la selva, recogiendo con su trompa algunas hojas de los árboles para alimentarse. El animal tenía la piel muy arrugada y ojos pequeños y llorosos, y detrás de sus grandes orejas tenia muchas marcas y cicatrices demostrando el lugar exacto donde se lo chuzaba con regularidad.

El joven tigre observó al animal con sorpresa, y acercándose lentamente le dijo:

“¿Puede decirme, por favor, que tipo de animal eres tú?; no eres un hombre, ¿no es cierto?”

“No, de ninguna manera,” contestó el Elefante; “soy tan solo un pobre y agotado elefante.”

“Un elefante entonces…,” dijo el tigre, “pero quizá puedas decirme algo sobre el hombre, que clase de animal es, ya que estoy buscándolo con la intención de matarlo y devorarlo.”

“Ten mucho cuidado de como cazas al hombre, joven tigre,” contesto el elefante; “es un desleal y peligroso animal. Te doy mi caso como ejemplo. Auque soy el Señor de la jungla, el hombre ha sabido domesticarme y entrenarme, y me convirtió en su servidor por muchos años. Puso una montura en mi lomo e hizo de mis orejas sus estribos, y solía golpearme en la cabeza con una vara de metal. Mientras fui joven y fuerte me valoro con grandeza. Me brindaba el alimento, tanto como quisiera, y hasta tenía un asistente personal que me acicalaba a diario, satisfaciendo todas mis necesidades. Pero cuando me vine viejo y débil para seguir trabajando, me trajo a esta selva y me dejo aquí para que me cuide por mi mismo. Si sigues mi consejo, dejaras al hombre tranquilo, o será mucho peor para ti al final.”

Pero el joven tigre se rió con desdén y siguió su camino. Y cuando hubo caminado un rato escucho el sonido de ramas rompiéndose y acercándose sigilosamente vio que se trataba de un leñador en plena tarea de derribar un árbol. Luego de observarlo por un tiempo, el tigre salió de su escondite y aproximándose al hombre, le preguntó que clase de animal era.

El leñador contestó: “Pero que ignorante tigre eres, ¿no te das cuenta que soy un hombre?”

“Con que eres un hombre,” dijo el tigre; “que suerte la mía, entonces, ya que estaba buscando uno para matarlo y devorarlo, y tu eres el candidato ideal”

Al escuchar estas palabras el Leñador comenzó a reír.

“Matarme y comerme a mí…,” contestó, “¿acaso no sabes que el hombre es demasiado inteligente para ser matado y comido por un tigre como tú? Ven conmigo y te mostraré cosas que solo el hombre conoce, pero que te serán muy útil aprenderlas.”

El tigre creyó que era ésta una muy buena idea, entonces siguió al hombre por la selva hasta que llegaron a su casa, que estaba firmemente construida con vigas de madera.

“¿Qué es este lugar?”, preguntó el tigre cuando la vio.

“Este lugar se llama casa,” contestó el hombre; “y te voy a mostrar cómo la usamos.”

Y diciendo esto entró y cerró la puerta. “Ahora,” dijo el hombre desde adentro de la casa; “puedes ver que tonto animal es el tigre comparado con el hombre. Ustedes, pobres animales, viven en un hueco en el medio de la selva, expuestos al viento, a la lluvia, al frío y al calor; y todas sus fuerzas no son capaces de construir una casa como esta. Mientras que yo, que soy mucho mas débil que tú, puedo construirme una hermosa casa, donde vivo a mi antojo, indiferente al clima y seguro de los animales salvajes.”

Al escuchar eso, el tigre se encolerizó. “¿Qué derecho,” dijo; “tiene una criatura indefensa y desagradable como tú, de tener tan hermosa casa? Mírame a mí, con mi bello pelaje, y mis grandes dientes y garras, y mi larga cola. ¡Soy mucho más merecedor de esta casa que tú! Sal de ahí de inmediato, y entrégame tu casa.”

“Oh, muy bien,” dijo el hombre; y salió de la casa dejando la puerta abierta para que el tigre entrara.

“Ahora, mírame,” dijo el vanidoso y joven tigre desde adentro; “¿no me veo hermoso en mi casa?”

“Muy hermoso, por cierto,” respondió el hombre, y echándole el cerrojo a la puerta desde afuera se fue caminando con su hacha, dejando al tigre morir de hambre.